Adiestramiento del perro, la doma de los instintos naturales

La tendencia de cualquier perro no educado es la de guiar su comportamiento en función de sus instintos, en la de sus necesidades. Un comportamiento que podríamos denominar natural que tiene que chocar por fuerza con otras necesidades, con las prioridades de sus cuidadores.

El aprendizaje puede resultar agotador....

En términos muy simples, se podría decir que en el hogar familiar un perro no puede comportarse como un animal salvaje. Si fuera así, la convivencia del perro con sus amigos los humanos sería poco menos que imposible. Por esa razón, es necesaria una educación, educar al perro. Socializar su comportamiento en el entorno de los humanos.

El objetivo de toda enseñanza para la obediencia del perro es facilitar precisamente su adaptación a un entorno, nuestra casa, que no es precisamente el natural del perro y en el que sus comportamientos instintivos apenas tienen sentido.

Por esa razón, nuestra obligación es que el perro adapte su comportamiento a unas reglas, las nuestras, las de sus cuidadores. Algo que, bien llevado con una enseñanza basada fundamentalmente en la constancia, se acabará revelando como la única estrategia posible para garantizar una vida en común entre ‘mamíferos’ tan dispares.

La primera idea que todo cuidador debe tener presente es que cuanto antes se inicie el proceso de enseñanza del perro será mejor para él, para nosotros y para la eficacia del aprendizaje. Se trata de empezar a enseñarlo desde pequeños desde que son cachorros y desde el momento en que entran en casa.

Por mucho que nos duela -y en eso debemos ser firmes- cada una de las enseñanzas deben ser repetidas hasta que la hayan completado correctamente, si no el perro no tendrá claro cual es la norma y la tarea que ha de asimilar. Los errores de desobediencia no se pueden consentir y, como comentábamos, ser constantes en cada ejercicio es primordial.

Otro dato, cada acción deberá llevar aparejada una orden que ha de ser un término vocalizado de una sola sílaba y que tendrá que ser distinto, sonoramente diferente, de una acción a otra.

Alargar las expresiones, por muy contundente que parezcan, sólo conseguirá confundir al perro, como nos recordará con su experiencia, cualquier responsable de una tienda de animales, donde solamos comprar la comida, los piensos que sirven de alimentación al perro.

Una de las enseñanzas básicas es por ejemplo las de acudir a la llamada. Llamar al perro y que venga a nuestro encuentro cuando se lo ordenemos. Una llamada, un sonoro ¡ven!, puede ser suficiente, pero también es necesaria la recompensa que puede ser una caricia o dejar que mordisquee con una cuerda que le resulte familiar y que sea uno de sus juguetes preferidos.

El proceso de hacer que el perro venga hacia nosotros puede inciarse con el apoyo precisamente de una cuerda o una correa larga. Así, tendremos al perro controlado, asido y relativamente cerca como para que nos oiga y, sobre todo, para que preste atención a la orden.

Otra norma de comportamiento básico es hacer sus necesidades en la calle y en los lugares donde podamos recoger sus heces sin molestar a nadie.

Se trata de castigarlo cuando haya hecho sus necesidades en el lugar no deseado y premiarlo cuando lo haga en el sitio correcto. Es importante que el premio y el castigo se realicen en el mismo momento en el que se produce la acción, porque si se hace a destiempo, el perro no la asociará al acto en sí.

Hay que erradicar esa llamémosle enseñanza popular de restregar desagradablemente los excrementos dejados en el lugar inconveniente por el hocico del perro. Puede que el animal comprenda al final que de lo que se trata es de hacer sus necesidades y restregarse el hocico en las heces. Ese método es totalmente contraproducente para alcanzar los fines que deseamos.

Para hacer que se siente, hay que darle la orden al perro y empujarle al mismo tiempo los cuartos traseros hasta que los apoye. Cuando lo haga solo, podemos premiarlo con un pellizco de su comida preferida, un poco de pienso de su alimentación que hayamos podido comprar también en una tienda de animales.

Pararse a nuestro lado es tal vez lo más fácil de enseñar. Se trata de llevarlo atado con correa a nuestro lado, y si a la orden de pararse no obedece, hay que darle un ligero tirón de la correa. El premio puede ser, no tanto ese pellizco de su comida preferida, sino una caricia y unas palabras amables y elocuentes que expresen nuestro contento porque lo haya hecho bien.

Tumbarse o adoptar actitudes y posturas más complejas son parte de un adiestramiento más elaborado y específico, igualmente condicionado con premios y castigos. Pero que podrían estar al alcance de un cuidador motivado y comprometido con la enseñanza de su perro. Todo es cuestión de proponérselo y, sobre todo, de esa constancia de la que hemos estado hablando.

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