Archive for 28 diciembre 2011

Dolor de perros

Los dolores musculares, lo que se conoce como trastornos miopáticos, son una serie de afecciones de la salud que atacan a las personas y que tienen un origen muy diverso.

La detección precoz de trastornos musculares puede ayudar a frenar este tipo de afecciones

Los seres humanos podemos manifestar el alcance de nuestras dolencias musculares y ayudar a resolver el problema, pero en el caso de los animales, en el caso de los perros, por ejemplo, que por supuesto también las padecen, su solución se hace más complicada.

Complicada porque cualquier detección precoz puede ayudar a que, en su caso, el avance de la afección se pueda frenar o incluso revertir, pero en la mayoría de los casos, los cuidadores menos expertos o dedicados confunden los síntomas con otro tipo de alteraciones de la salud y hasta se quedan indecisos para dar el paso de poner al perro en manos de un especialista veterinario que haga frente al problema con un tratamiento a la medida de la dolencia.

Es común, por ejemplo, que se cambie la comida del perro, que se le de otro pienso para perros, en la idea de que el animal pueda estar desganado porque no asimile bien su alimentación. Es más, los cuidadores con menos experiencia suelen acudir en primer lugar a una tienda de animales a comprar suplementos y comida alternativa para que su mascota reaccione a la postración que han detectado.

Porque de eso se trata, el animal afectado por trastornos musculares se queda poco más o menos que postrado con escaso movimiento.

El origen de los dolores físicos, de los trastornos miopáticos en un perro puede ser consecuencia de alteraciones neuronales, degeneraciones típicas de algunas razas o por desgastes de sus músculos, más o menos naturales, en especial en animales mayores y de edad avanzada.

Las condiciones que alertan de trastornos miopáticos en los perros son, por regla general, advertir que las mascotas presentan un aparente estado de debilidad, que no juegan, que permanecen echados durante una parte importante del día contra su costumbre y su carácter.

Es lo que podríamos llamar cierta intolerancia a hacer ejercicios, y todo, aún si se le ofrece su juguete preferido, de esos que podemos comprar en tiendas de animales, juguetes de rodar, saltar o morder, para moverlos y generar estímulos de caza que habitualmente hacen reaccionar a los perros y los activan físicamente.

También se adivinan los trastornos miopáticos en la marcha desacompasada del andar ordinario del perro, cuando revelan una cierta rigidez, o temblores en las articulaciones y en el cuerpo que se pueden confundir con escalofríos, como en los humanos, sobre todo entre los cuidadores menos experimentados y perspicaces.

En casos más complicados, se puede detectar extremidades atrofiadas o contracturadas con dolor que a simple vista se pueden entender como la rotura de ligamentos o hasta de patas partidas porque el animal desarrolla una cojera que induce al cuidador a pensar también en ese argumento.

También suele ser un signo de la presencia de dolores musculares una postura muy frecuente del perro, la de estar sentado sobre sus cuartos traseros, como si esperara su comida, aunque con la particularidad de que suele estar asociada a rigideces en el cuello.

El animal no sólo estará sentado, sino que permanecerá durante largo tiempo en una postura muy tensa, huyendo del dolor que le produce determinada actitud corporal.

A esta actitud repetitiva del comportamiento físico del perro se la denomina de muchas formas diferentes, entre ellas, el ‘mando del amo’, en una mala traducción del inglés; pero todas vienen a explicar esa situación de aparente atención del perro como si esperara una orden de su amo.

De todo lo comentado hasta aquí, debemos extraer algunas enseñanzas. La primera observar al perro, su conducta, porque el animal nunca nos revelará, como hacemos los humanos, cual es su padecimiento y dolor de fondo.

Y, lo segundo, acudir a un especialista, a un veterinario que pueda descartar otras circunstancias que compromentan la salud del perro o, en su caso, iniciar un tratamiento. Tan sencillo como observar y actuar en consecuencia.

Anuncios

El gato en la naturaleza de sus emociones

¿Cuántas veces nos hemos cruzado con la mirada de nuestro gato y hemos creído atisbar un sentir humano muchas veces aparentemente correspondido con sus roces, con sus maullidos lastimeros y su constante cercanía física a nosotros?

Los gatos son particularmente expresivos con su cola

La pregunta que tal vez nos hagamos sobre estas sensaciones es cuál es el nivel de afectividad de los gatos y en qué medida sus cuidadores podemos compartirlos. Los nuestros y los suyos.

Para responder a esta pregunta sobre la afectividad de los gatos tenemos que dar un paso hacia atrás y estudiar cual es el origen de estos animales.

Los gatos a diferencia de los perros no tienen vínculos de grupo fuertes, al menos tanto como el de los canes. El motivo es que los gatos tienen pautas de caza individuales en las que no hay cooperación entre los individuos del mismo clan, como sucede con los lobos con los que los perros comparten un origen de instinto. Entre los perros hay jerarquías, individuos dominantes y otros que no lo son y colaboran de diferente forma en favor del grupo.

Se puede decir que, en el caso de los gatos, cada uno va a su aire, y que se juntan unos con otros para procrear y para criar proveer de su alimentación a sus gatitos. Es en espacios cerrados, en nuestras casas, donde han de convivir humanos y hasta gatos con gatos, cuando surgen reglas de comportamiento y relación mucho más establecidas y elaboradas que en el medio natural. Entre ellas, las relaciones de afectividad, tal y como las desarrollan en su entorno social los gatos, por supuesto.

La moderna etología, la ciencia que explica el comportamiento animal, ha descubierto una veintena larga de señales visuales que sirven a los gatos para relacionarse entre sí, y tal como ellos nos ven, también como gatos, para relacionarse con nosotros. Estar atentos a esas señales visuales, conocerlas es adentrarse en el mundo de las emociones de los gatos y una forma de conocerlos mejor, según su lenguaje corporal o visual.

Así, por ejemplo, estirar la cabeza, alargar el cuello, significa algo parecido a saludarse, en la confianza de que nosotros corresponderemos con un toque también en la cabeza o con una caricia en el cuello.

Probablemente, lo que se esconda detrás sea un deseo del gato de que le sirvamos su comida, el pienso que acabamos de comprar en la tienda de animales. Pero, así de pronto, sólo es un saludo formal, una muestra de afecto, si lo miramos de esa manera.

Otro movimiento que también puede resultar fácil de interepretar por los cuidadores del gato es levantar la cola. Los movimientos de la cola podrían relacionarse con la gesticulación de nuestros brazos y manos.

Independientemente del idioma que hable una persona, el nerviosismo con el que gesticula una persona o la parsimonia con la que mueve las manos dicen mucho de su lenguaje hablado, pero también de las emociones vertidas en él.

En el caso de los gatos, la cola y sus movimientos hablan de sus emociones, de su interés y de su estado de ánimo. Así, un gato con la cola levantada, con la punta doblada, apuntando, como si fuera el periscopio de un submarino, mostrará no sólo su interés, sino cual es la dirección de ese interés.

Y si no, póngale lo que constituye su alimentación preferida, su pienso habitual que suele comprar en la tienda de animales para ver cómo el gato levanta la cola.

En cualquier caso, se trata de un comportamiento curioso y algo relajado, porque mientras el animal levanta su apéndice posterior, muestra sus genitales, algo para lo que, en parte ha evolucionado la cola, para conseguir equilibrio en su anatomía, pero también para proteger sus partes. Cuando las descubre sin miedo, podemos decir que el gato se siente razonablemente seguro.

Aún más, la cola además de levantarse, se puede mover, agitar, contraer, estirar, extender, moverse a un lado y a otro. Todo ese repertorio de movimientos y la velocidad con la que se ejecutan no estarán dando pistas sobre sus emociones en el momento en el que se producen. Observándola sabremos si el gato está complacido, asustado, temeroso con todo un repertorio de emociones básicamente idénticas a las nuestras.

Si menea la cola lentamente, de manera acompasada, es que está tranquilo y complacido, si la dobla y pone sus pelos de punta es que está a la defensiva, si está en alto, como hemos dicho, curiosidad, pero si se mueve de un lado a otro en alto, siginifica que está enfadado. Si, en cambio, la mueve pero está en una posición baja, quiere decir sumisión.

¿Y qué podemos decir de la mirada, esos ojos en los que creemos ver un reflejo de nuestros sentimientos humanos?

Pues para las personas el contacto visual es sinónimo de aceptación, supone una adecuada socilización, en el caso de los gatos, como sucede con otros felinos, puede ser constitutivo de una amenaza latente. Mirar fijamente a un gato a los ojos y seguirlo con la cabeza vendría a ser en su lenguaje corporal algo así, como un ‘te vigilo, porque no me fío de ti’.

Otra cosa muy distinta es que el gato tenga los ojos desmesuradamente abiertos y que su vista se ponga en la nuestra. Esa forma de mirar, de conectar con la vista, significa que el gato está, a su manera, contento.

Y si no, fijémonos cuando le servimos su alimentación, o los suplementos bebidos que tanto le gustan y que le dan buen gusto al agua que beben. Sus ojos se abrirán de par en par sólo con vernos coger el saco de su pienso preferido o el bote con su medicina. Reflejo condicionado, sí, pero también emotividad.

Y es que las emociones del gato se dejan ver en su comportamiento corporal, en sus movimientos, en su tensión visual. Si sabemos qué es lo que dice nuestra mascota a través de ellas, hallaremos el puente para vincularnos con sus más sencillas emociones, con su naturaleza animal.