Archive for 27 junio 2011

La sociabilidad el gato, el espíritu de la paciencia

Una definición del comportamiento habitual de los gatos que pudiéramos plantear a cualquier persona, tuviera o no tuviera gatos a su cargo; podría incluir como resultado y seguro que tambíén con mucha frecuencia las palabras astuto, la idea de individualismo o el concepto de rebeldía u otras afines. El comportamiento de los gatos es ése, son esos y mucho más, bien conocidos por el gran público.

¡Santa paciencia! 😉

El comportamiento de los gatos, en cualquier caso, no es fruto de su capricho natural, aunque pudiera parecerlo a simple vista, sino del resultado de su evolución como animal. Como animal en su medio natural y en modo alguno como mascota de compañía, en el entorno de los humanos.

El gato se comporta como si tuviera que sobrevivir en el medio doméstico. Nuestras casas son su territorio, como si hubiera de luchar para conseguir comida, para garantizar su alimentación, como le impone su instinto, a pesar de que con nosotros su vida es, cuando menos, regalada.

Pero, ese comportamiento animal del gato que mantiene una actitud marcadamente individual, mucho más si se la compara con la del perro; ha de estar reglada o regulada en el entorno humano para garantizar la convivencia.

Así, deberíamos hablar entonces de socializar al gato con los humanos. Para conseguir comportamientos tan básicos como la aceptación de su comida, los de sus suplementos vitamínicos o la alimentación variada a la que podemos optar por comodidad cuando vamos a comprar a una tienda de animales.

Lo más importante de la socialización del gato es comprender que un gato siempre será, éso, un gato y que su instinto de gato saldrá a relucir en cualquier circunstancia aunque parezca ausente. Un gato curioseará por los rincones, merodeará por repisas y lugares altos, si puede y lo dejamos.

Un gato se ausentará si se lo permitimos, porque, por ejemplo, el área de caza de un macho puede tener dos kilómetros cuadrados de extensión, mucho más de lo que podemos permitirle entre las cuatro esquinas de nuestros domicilios.

Cualquier acción que queramos reforzar, habremos de autentificarla con muestras de afectos y premios, que pueden ser pequeñas porciones de comida, entregadas directamente en su boca, con palabras amables y caricias por nuestra parte.

El castigo físico, como no puede ser de otra manera, no conduce a ningún lado, y sólo conseguirá que el animal retrase su proceso de aprendizaje.

Aún más, el progreso es menor si el gato no tiene otros congéneres con los que aprender, no tiene una camada de hermanos con los que enfrentar su progreso y se las tiene que ver con la ambivalencia del comportamiento humano.

Hay que recordar que la paciencia de los gatos es su fuerte o tal vez no, según las circunstancias particulares. Sólo se manifiesta cuando forma parte del comportamiento o del hábito más ventajoso, como el que asociamos a la quietud del acecho, que no es otra cosa que una actitud de observación para la caza y la alimentación del animal.

Y es que, aunque el gato disponga de pienso y comida regular, siempre buscará defenderse de lo inesperado, reservando sus energías, montando guardia impertérrito. Atento a movimientos ajenos y hasta a olores del ambiente.

La buena socialización de gato dependerá del tiempo que pase con su madre y si se ha producido un contacto los humanos desde los primeros momentos de su vida. Aún más, si esa relación está presente en el entorno de su madre y ésta la acepta.

El gato se dejará seducir también por la cercanía de los humanos que ha visto con su madre y que le resulta grata y provechosa.

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En casa del perro, el gusto es humano

La convivencia con un perro acerca a sus cuidadores a las intimidades del animal, a su día a día. No resulta raro, por tanto, que algunas personas conozcan como nadie las singularidades de su mascota, no ya las de la raza del perro, sino el comportamiento, las costumbres y la personalidad, por decirlo de alguna forma de su amigo perro.

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¡Un perro salchicha con buen gusto!

Si se le pregunta a un cuidador por la comida que atrae a su perro, por aquello que al animal le encanta ver en su alimentación, probablemente se deje llevar por los detalles.

Por curiosidades, que nos definen los gustos particulares de un perro por determinados piensos, por algún suplemento con sabor especialmente atractivo. Su alimentación, la misma que se puede comprar en cualquier tienda de animales.

Algo que nos invita a pensar que el perro, como sucede con su olfato, ha desarrollado un extraordinario sentido del gusto. Pero, para ser sinceros, la respuesta es no.

Los perros no cuentan con un sentido del gusto tan fino como su olfato, y, por lo que parece, ni siquiera es mejor, está tan lleno de matices o aporta sensaciones tan variadas como el de los seres humanos.

En la familia que pueden formar, perros y cuidadores, en los hogares de este país, el gusto es fundamentalmente humano.

Sólo hay que ver con detalle la lengua de los perros para comprobar que no tiene las típicas rugosidades o resaltes que caracterizan ese apéndice en los humanos. La lengua de los perros es más plana, más estrecha, más lisa.

Un dato. Los perros tienen por término medio diez o doce veces menos papilas o receptores del gusto en su boca que el hombre. El sentido del gusto del perro, en cualquier caso, tiene algún suplemento con valor, no se circunscribiría sólo a su boca, sino que inmiscuiría además a la faringe y a la laringe del animal.

Los nervios glosofaríngeos y linguales serían los responsables de trasladar la información percibida por las papilas gustativas de la boca del perro a su cerebro para su interpretación.

Aunque, en algunas razas de perros se dan excepciones, las papilas son más grandes en una lengua también más extensa, y, por lo que parece, más sensible o insensible también a según qué sabores presentes en la comida.

Los perros no tienen todas las papilas gustativas que pueblan la lengua humana, como hemos comentado. Y, por tanto, los perros no son capaces de detectar determinados sabores que son una referencia en la alimentación humana.

Entonces ¿qué sabores son los que sí puede detectar en la comida los perros? La comida, el pienso de los perros está mejorado, como ocurre con la alimentación de los humanos, con potenciadores de sabor o saborizantes que hacen más atractivo el acto de la alimentación y toda su comida. Porque, el proceso de elaboración y conservación de la comida hace perder muchos de los aromas y sabores naturales.

Uno de los saborizantes más comunes de los piensos de los perros es el umami. El umami es el quinto sabor, descubierto en Japón a principios del siglo XX, y que se puede definir como el sabor a hierro, el sabor cárnico. Eses sabor que queda en la boca después de haber comido los quesos curados. Se trata de un sabor presente en las grasas y en la carne, base también de la alimentación de los perros.

Otro de los sabores que reconoce el perro es el amargo, que se puede encontrar en su comida y también en los piensos que se pueden comprar habitualmente en cualquier tienda de animales.

No es de extrañar esta cualidad, porque en la naturaleza, el sabor amargo se asocia a la descomposición y la composición nociva de algunas comidas que ingieren los perros.

Disponer de una lengua que es capaz de detectar cualquier anomalía en la comida es una garantía para la supervivencia del perro y una constatación práctica de su evolución como animal.

Sobre los sabores dulces, salados y ácidos, parece que sí detecta los dos primeros, pero no el último, o, con matices, no como los seres humanos, que representa nuestra escala de medir.

Los gatos sueñan con comida de gatos, los dueños con humanizarlos

Uno de los problemas más serios de los ocasionados por dar alimentación humana a los gatos no supone proporcionar la comida en sí. En muchos casos, no se trata de la receta, sino algo más delicado, la composición de los platos que pueden contener alimentos prohibidos para los felinos.

¿Quién se come a quién? 😉

Espesantes, acidulantes, aglutinantes, edulcorantes y un sinfín de adiciones alimenticias nocivas que no están en el listado de las composiciones de las recetas sino peligrosamente ocultos en su química. Oculta porque los cuidadores no son capaces de valorar su toxicidad y las implicaciones negativas que tiene dispensar esas comidas a los gatos.

Unos platos humanos que les pueden llevar, caso de convertirse en las dietas comunes de estos animales, a hacerles entrar en pérdida, en déficits nutricionales, y, a la larga, ocasionarles la muerte.

La dieta humana suele ser muy fuerte en algunos sentidos, con un alto contenido en calorías que los gatos no necesitan para su vida diaria. Aún más, una alimentación inadeducada que les puede conducir a carencias y de ahí a enfermedades y a la muerte, en ocasiones, para sorpresa de sus cuidadores, que no son conscientes del peligro de alimentar inadecuadamente a su gato.

Cualquier veterinario o profesional de una tienda de animales que conozca en profundidad las variables en las que se mueve la alimentación de los gatos, conocerá por ejemplo de la toxicidad de las cebollas y los ajos.

No por ser picantes, sino porque contienen cantidades variables de eritrocitos, un ingrediente presente en estos condimentos que ataca a los glóbulos rojos de los gatos y que los merma. De la desaparición de los glóbulos rojos, a una anemia perniciosa, sólo hay un paso.

En este país, tan aficionado a las comidas fuertes con ajos y cebollas, alimentar a un gato con comida humana condimentada ordinariamente con esos vegetales, supone un riesgo muy alto para la salud de nuestra mascota.

En las tiendas de animales, se pueden comprar vitaminas y suplementos especiales para gatos que les ayudarán a superar sus deficiencias naturales o no tan naturales.

Deficiencias que pueden ser consecuencia de una alimentación no adecuada o que pueden servir para completar las necesidades nutricionales de unas comidas que se quedan cortas en sus proporciones básicas, cuando los gatos atraviesan enfermedades que los dejan débiles o para las gatas cuando están preñadas.

Sea como sea, los únicos suplementos o vitaminas que realmente son saludables para los gatos son los que estos animales pueden asimilar y metabolizar. Resulta un error muy grave, dar a los gatos vitaminas comunes para los humanos, aún en dosis pequeñas, supuestamente adaptadas para su tamaño. Un error que puede ser mortal.

Y es que las vitaminas, por ejemplo, pueden tener altas concentraciones de hierro para su asimilación, y el hierro representa uno de los enemigos naturales de los gatos, cuyo organismo no puede metabolizarlo.

Los gatos necesitan también una cantidad selectiva de vitamina A en su organismo, porque éste tampoco es capaz de sintetizarlo de forma natural de fuentes habituales, como lo hacen otras mascotas, como el mismo perro.

Así, es habitual que los cuidadores les den esta clase de vitaminas ‘humanas’ a los gatos en la confianza de hacerles un bien para su salud, cuando las consecuencias pueden ser contrarias, totalmente nocivas.

Lo mismo se puede decir del hígado, que se suele administrar a los gatos como una comida natural, aunque no pueden asimilar su composición.

En los casos del pollo y del pescado, por seguir el hilo del análisis de alimentos humanos administrados a los gatos, el riesgo está en los pequeños huesos y en las espinas que pueden clavárseles.

No sólo en el esófago, sino instalarse en el estómago y en los intestinos, hasta el punto de que generen desgarros o sangrados incontrolados en las partes sensibles de las visceras de estos animales, que, de otro lado, como mascotas, no cuentan con el beneficio de los movimientos físicos intensos de los animales en libertad que se añaden a los peristálticos naturales del organismo de los que viven libres.

En consecuencia, lo más razonable para una adecuada alimentación de nuestros gatos caseros es aquella que resulta de los piensos y de la comida seca o húmeda que podemos comprar en cualquier tienda de animales, que ni tiene los componentes, los inconvenientes, ni los riesgos de lo que en la dieta de los gatos resulta totalmente indeseable.